Valeroso relojero

 

 

Un cliente entró a la tienda justo cuando Diego iba a cerrar, pero, aun así, vio que era un buen tipo y que necesitaba ayuda, por lo que le atendió.

- ¡Buenas tardes! – Exclamó con cierto entusiasmo el cliente.

- Buenas noches querrá usted decir – respondió Diego malhumorado, sabiendo que por muy bueno que fuera el cliente, le iba a hacer quedarse unos minutos más en esa cárcel de tienda. – ¿En qué puedo ayudarle?

- Verá, hace un tiempo que vengo buscando por alguna de las tiendas de la ciudad un objeto que salió subastado hace tiempo en uno de los locales de subastas de la zona. He pasado por todos y cada uno de ellos y ninguno lo tiene.

- ¿Y se puede saber qué es, señor? – Preguntó el asqueado dependiente, con ganas de decirle que si no le dice qué es lo que busca, evidentemente no le va a poder ayudar, pero se aguantó las ganas de ser tan rudo y siguió escuchando.

- Por supuesto. Se trata de una reliquia con forma de reloj de bolsillo de hace muchos años. Creo que perteneció a un familiar lejano mío y me gustaría devolvérsela.

El tipo tenía unas pintas un tanto extrañas. Llevaba una vestimenta con colores agresivos y llamativos. Un chaleco rojo brillante le cubría la parte de arriba del cuerpo y unos pantalones amarilla chillón la parte de abajo. Diego se percató de que el individuo portaba unas crocs de color rojo también. Se atrevería a decir que nunca, en sus sesenta años de vida, había visto a nadie vestido así. En los 50 todo el mundo iba vestido de una manera diferente. “¿De dónde habrá sacado este hombre ese espanto de ropa?” Pensó.

- Un segundo, caballero. Si me disculpa iré a la trastienda a ver si allí encuentro lo que busca- acertó a decirle.

El extraño hombre asintió con la cabeza de un amanera un poco siniestra. Él era de por sí siniestro en realidad. Camino de la trastienda, Diego se acordó de las últimas adquisiciones que obtuvieron en la última subasta y recordó haber comprado un reloj de bolsillo. Entró a la parte de atrás de su local a través de unas cortinas y accedió con rapidez (ya que tenía prisa de llegar a casa y arroparse con su manta del estampado de flores). Fue directamente al fondo de la habitación, donde se hallaban un montón de cajas agrupadas, unas encima de otras, formando una especie de pirámide. Se apresuró a buscar el paquete de la última subasta. Con las ansias de encontrarla, se le cayó una caja grande que estaba en lo alto de un mueble, haciéndole dar un pequeño grito que se escuchó en el mostrador de la tienda.

 - ¡¿Se encuentra bien, señor!? – Chilló el hombre siniestro desde el mostrador, con un tono de preocupación.

- No se preocupe, estoy buscando el objeto que me ha pedido. – Respondió Diego, frotándose fuerte la cabeza.

Cuando alcanzó a levantar la cabeza lo vio. Un precioso reloj de bolsillo dorado, con un estampado un tanto extraño en la tapa. Tenía un dibujo que parecía hecho con una navaja, rayando la parte frontal del reloj, de una especie de animal con unos cuernos como los de una cabra montés, pero un poco más exagerados. Tenía otra cosa. Una estrella terrorífica en la parte de atrás del reloj. No era una estrella normal. Reconocía un pentágono en el centro y los triángulos dibujados en cada lado del pentágono, formando así la estrella. La piel se le puso de gallina y se le congeló la cabeza. De repente, escucho un crujido de madera detrás suya.

- ¿Lo ha encontrado? – Le preguntó el cliente, que había entrado en la trastienda junto con Diego.

 - ¡Joder que susto! No puede estar aquí, váyase fuera por favor.

- Disculpe usted. Cómo vi que tardaba mucho después del ruido que sonó antes, quería ver si todo estaba bien. ¡Y veo que lo ha encontrado! ¿Me deja inspeccionarlo para ver si es el que ando buscando? – El extraño cliente formuló esta última pregunta de una forma un tanto perversa, lo cual ya no le sorprendía al dependiente.

- Por favor, vuelva al mostrador y espéreme allí, ahora voy con el reloj. Tengo que recoger un poco este desastre.

El tipo se quedó parado en el sitio, mirando a Diego. Este sintió un escalofrío por todo el cuerpo y cuando se dispuso a repetirle lo mismo, el cliente se dio media vuelta y volvió a la tienda.

 

Una vez recogido todo y devuelto la caja caída a su sitio, cogió el reloj de bolsillo y se lo llevó con él a la parte frontal de la tienda. Casi se tropieza otra vez con unos libros que había por el medio del recorrido hacia las cortinas, pero logró mantener el equilibrio. Llegó por fin a la entrada al mostrador y para su sorpresa, el siniestro hombre no estaba. Parecía que se había marchado. Diego se preocupó y pensó que le podría haber robado algo, pero vio la caja registradora cerrada y todo en su debido sitio. Después de dejar el reloj sobre la mesa del mostrador, reconoció una nota encima de este. Fue muy extraño, porque no había ni papeles ni bolis en la tienda para escribir y dejar esa nota ahí. La cogió y se dispuso a leerla:

 

Diego, agradecería que guardases bien ese reloj y que no lo dejases

a la vista de todos. Confío en ti. Mañana volveré a por él.

P.D: Hagas lo que hagas, no lo lleves contigo. Guárdalo bien en la tienda.

 

Otro escalofrío. No recordaba haberle dado su nombre. Ahora dudaba. Dejó la carta debajo del mostrador, con un afán de esconderla. También guardó el tan preciado reloj dorado en un cajón con llave, en el escritorio que había junto a él. Seguidamente, caminó hacia la entrada para cerrar la puerta de la tienda y, dándole la vuelta al cartel de “CERRADO”, lo vio. Al fondo de la calle, en el cruce con la avenida de Mérida, le descubrió quieto. Sin mover un solo dedo. El siniestro hombre estaba observando el cielo. “Dios mío. Las personas están perdiendo la cordura cada vez más rápido. Es preocupante” se dijo a sí mismo. Cuando se dio la vuelta para volver al mostrador y coger las llaves, pensó en girarse una vez más para descubrir al tipo de nuevo, pero finalmente decidió no hacerlo. No intentó justificarlo. Incluso, en vez de eso, se dispuso a salir por la trastienda, alegando que el coche le pillaba más cerca. Recogió su mochila con todas sus pertenencias, cerró la puerta principal con llave y se fue por detrás, cerrando igual la puerta por la que salió.

 

Serían las doce de la noche cuando llegó a casa. Guardó el coche en el garaje y entro por la puerta de dentro. Esta la cerró con llave también, a pesar de que nunca lo hacía. Diego vivía en un chalet de dos plantas. A veces pensaba que se le quedaba grande, ya que vivía solo y tenía pocos amigos que se pasaran por allí. Tuvo un pequeño dilema; non sabía si cenar antes de ducharse o ducharse y después cenar. Se decantó por la segunda opción, así, de paso, dejaba su mochila en la oficina del piso de arriba. Se duchó con mucha rapidez y bajó a cenar cuando estuvo listo.

Cenó unas tostadas con queso de untar por encima y un vaso de leche. Con eso se quedó satisfecho. Acto seguido, con ganas, se dejó caer en el sofá. Esa noche, leyó un ensayo de filosofía. Este era de Platón. Estaba inmerso en él. Hablaba sobre la capacidad del ser humano de “conocer”. Estos temas le fascinaban a Diego.

 

“Quién cojones llama a las cuatro de la madrugada” pensó, desquiciado y a punto de darle un puñetazo al teléfono fijo.

- ¡Diga! - Respondió.

- Dieegoo…- una voz tenebrosa salió del aparato.

- ¿¡Quién diablos es!? ¿¡No ve qué horas son!?

- Necesito que me hagas un favor, Dieegoo.

- ¡Y yo necesito que se vaya usted a la mierda! – Fue a colgar el teléfono cuando la voz dijo:

- Debes bajar al salón y asegurarte de que mi reloj esté bien, Dieegoo. Si le pasa algo, tú y yo vamos a tener problllelellelelh hehhehssjhhhhhaahahahahahahahahahahhahahahahahahahahahahahhahahahahahahahhahahahahahahahhahahahahahahahhahahahahahahahahahahhahahhahahahahahhahahshhshshs.

Había interferencias. Colgó y se dio media vuelta. Intentó volver a dormirse cuando sonó otra vez el aparato.

- Hhshshshhs shhshhshshhshhshshsjashjhs, baja al puto salón, Diego hsshshshshshhahshsajhshjshhsj.

- ¡Déjame en paz por dios! – Gritó, pensando que así le haría caso.

El teléfono se cortó de repente. Al parecer la estrategia del chillido le había funcionado. Se acordó que podía tratarse del tipo de la tienda y decidió levantarse. Fue al piso de abajo, recorriendo el largo y oscuro pasillo hasta las escaleras, a por un vaso de agua. El repentino incidente le dio mucha sed.

Llegó a la cocina y abrió la nevera. Agarró la jarra de agua fresquita y se echó un poco en un vaso. Una vez terminó, puso el vaso dentro del fregadero y la jarra en la nevera. Justo donde la había encontrado. Iba a subir de nuevo por las escaleras, situadas detrás de la cocina, cuando se le ocurrió mirar por encima de la barra americana de la cocina que daba con el salón. Un nuevo escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Encontró el endiablado reloj dorado encima de la mesa del salón.

- No me lo puedo creer – dijo, pensando en voz alta – ¿cómo es posible? Recuerdo perfectamente haberlo metido en el cajón del escritorio de la tienda.

Ahora dudaba. Ojalá pudiera hacer como en un libro y volver unas páginas más atrás para buscar el momento exacto donde describieran que, efectivamente, él lo había guardado. Pero no podía, y ahora estaba aterrorizado. Sonó de nuevo el teléfono. Esta vez en el piso de abajo, donde se encontraba Diego.

- Escúcheme bien. Estoy harto de usted. Primero se presenta en mi tienda con un aspecto horrible y tenebroso y ahora esto. ¡No me vuelva a molestar o destrozaré por completo su miserable reloj! ¡¿Entendido!? – Le dictaminó al ser que estuviera detrás de esa llamada justo cuando descolgó el teléfono.

- Dirígete a la tienda, Diego. Está bien que haya mantenido contacto con mi nieto, pero ha llegado el momento. Más te vale que no le pase nada a mi reloj Diego.

¿Con su nieto? ¿Con quién demonios estaba hablando ahora?

- ¿De verdad usted se cree que me voy a presentar en mi tienda a las cuatro y media de la madrugada? Está delirando.

- Diego… No seas malo…. O si no, todo acabará peor, y nadie quiere eso, ¿no, Diego? Dirígete a la tienda de subastas y entra dentro. Por la parte de atrás. Si al final decides no acatar mis ordenes, lamentarás haber mantenido contacto conmigo también.

Se cortó la conexión telefónica. No sabía qué hacer. La llamada había sido tan… extraña. ¿Cómo que con su nieto? ¿Qué nieto? Si había hablado con él hace apenas 5 horas.

 

Bajo el oscuro cielo y con las estrellas medianamente tapadas por la gran capa de contaminación de la ciudad, el Ford F-100 de Diego se acercaba al aparcamiento situado en la parte de atrás de la tienda. La luz de los faros del coche impactaba sobre la fachada de un chalet que estaba prácticamente en ruinas, aunque la casa no estaba abandonada, ya que los dueños siempre se pasaban por la tienda los viernes por la tarde para dejarle un bollo de chocolate a Diego. Apagó el automóvil y se dirigió hacia la puerta trasera de la tienda. Cogió las llaves para abrirla y se dio cuenta de que sus manos le temblaban a más no poder. Jamás pensó que un mano podría llegar a temblar tanto. Eligió la llave correcta de entre la quince que tenía y la introdujo en la cerradura.

- ¡Que peste! – Exclamó en cuanto el hedor de la trastienda se escapó hacia el exterior – Tengo que encender el interruptor de la luz.

Extendió el brazo izquierdo hacia la parte donde se situaba el interruptor y notó una extraña sensación. Algo le estaba subiendo por la pierna derecha. Notaba unas patitas que iban subiendo cada vez más. Cuando miró hacia abajo, del pantalón (en la pierna izquierda ya) surgió un pequeño ratón. Diego dio un salto y agitó la pierna como pudo para zafarse de ese animalito.

- Bichos desgraciados. No han funcionado las trampas para ratones que instalé.

De repente, desde las sombras, surgió una entidad. Intentó encender la luz con el interruptor, pero la bombilla se fundió. El ente lo estaba mirando desde la lejanía. Tenía una posición estática. Era algo muy alto y delgado. Por lo que alcanzó a ver, tenía un torso muy grande, desproporcionado con sus piernas tan largas y con su cabeza. No se movía nada. Diego intentó averiguar de qué se trataba, ya que no tenía forma de hombre ni de mujer, pero tampoco de ninguna otra cosa con una silueta reconocible.

- ¡Hazte ver, cobarde! – Gritó - ¡Quién diablos eres!

La entidad, sin decir una sola palabra, se dirigió con paso lento y encorvado hacia las cortinas que daban a la parte frontal de la tienda. Diego tenía el presentimiento de que lo tenía que seguir, así que así hizo. Cruzando la trastienda se dio cuenta de algo. El reloj que llevaba en el bolsillo brillaba. Pero no brillaba con un tono de luz claro, sino con un rojo fuerte. “Un color parecido al de la sangre”, pensó.  Vio al ser cruzar las cortinas, sin si quiera mover los brazos para apartarlas. En el momento en el que Diego llegó a la entrada a la tienda se quedó quieto. Su cuerpo no respondía. No quería entrar ahí ya que no sabía no que le esperaba. Sin embargo, sus piernas comenzaron a moverse en la dirección que él quería evitar. No estaba seguro de si se movía porque no le quedaba otra o era cosa de aquella aberración.

- Dieeegooo– exclamó la entidad con una voz ronca y espeluznante.

Cuando entró a la sala, observó la terrorífica situación en la que se encontraba. Vio dos camillas dispuestas en una posición paralela la una a la otra. En una de ellas se encontraba un cuerpo humano. Se le erizó la piel al verlo. Este tenía un aspecto de putrefacción y estaba pálido. Entonces, reconoció el cadáver.

- ¡Santo Dios! ¡Qué asco!

El cuerpo sin vida era el del cliente tan extraño que entró en su tienda justo antes de cerrar. Cuando lo vio tumbado sobre la cama, se acordó de lo que el ente le había dicho en la llamada. El tipo extraño que fue preguntando por el reloj no era quien sino el nieto de la criatura. Esta es su abuelo. Pero, ¿por qué estaba muerto sobre una camilla de hospital en su tienda? Lo más raro de todo era la sonrisa que tenía dibujada en la cara. Una arcada asaltó de repente a Diego. La otra camilla estaba vacía. Ya se podía imaginar para quién era. El ser se acercó a él.

- ¡No te acerques bicho! – Gritó Diego con un afán de librarse de esa situación - ¡¿qué coño quieres de mí?! – Estaba llorando mientras lo decía.

- Tu cuerpo. Solo quiero tu cuerpo. Túmbate en la cama, Dieegoo.

- ¡¿Qué diablos le has hecho?!

- Es parte del proceso, Diego. Su muerte era necesaria para mi próxima vida dentro de tu cuerpo. Sin él muerto, todavía habría alguien de mi familia capaz de continuar mi historia.

Evidentemente no quería hacerle caso, ni siquiera escucharle, pero sintió que, si no lo hacía, posiblemente fuera a peor. En ese momento, visualizó el reloj de bolsillo. Estaba cambiando de color. Se iluminaba de todos los tipos de colores que existen. Entonces se le ocurrió.

 

Temblando y con el terror en el cuerpo, Diego se tumbó lentamente en la camilla. La criatura se encontraba en una esquina, observando todo. Mientras él se tumbaba, sacó el reloj del bolsillo.

- Dieeegoo, dame ese reloj Dieegooo. Es necesario para el intercambio – advirtió la monstruosidad, con un tono agresivo.

- ¿Quieres el reloj, maldito ser demoníaco?

- ¡DÁMELO DIEGO! ¡NO TE CONVIENE ENFADARME!

- ¡Entonces toma el puto reloj!

Lanzó la esfera por los aires con todas sus fuerzas, en la dirección contraria a la que se encontraba el ser. Esta se estampó con la pared, rompiéndose en mil pedacitos pequeños.

- ¡NOOOOOOO! ¡DESGRACIADO!

La criatura gritó como nunca había escuchado Diego gritar a nadie. La voz era muy grave y distorsionada. Se le metió en los oídos y le retumbó en la cabeza, mareándose hasta casi llegar al desmayo.

Pensó que todo había comenzado gracias al reloj, así que todo debería terminar gracias a él también, ¿no?

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Un cliente entró a la tienda justo cuando Diego iba a cerrar, pero, aun así, vio que era un buen tipo y que necesitaba ayuda, por lo que le atendió.

- ¡Buenas tardes! – Exclamó con cierto entusiasmo el cliente.

- Buenas noches querrá usted decir – respondió Diego malhumorado, sabiendo que por muy bueno que fuera el cliente, le iba a hacer quedarse unos minutos más en esa cárcel de tienda. – ¿En qué puedo ayudarle?

- Verá, hace un tiempo que vengo buscando por alguna de las tiendas de la ciudad un objeto que salió subastado hace tiempo en una de las tiendas de subastas de la zona. He pasado por todas las de la ciudad y ninguna lo tiene.

- ¿Y se puede saber qué es, señor? – Preguntó el asqueado dependiente, con ganas de decirle que si no le dice qué es lo que busca, evidentemente no le va a poder ayudar, pero se aguantó las ganas de ser tan rudo y siguió escuchando.

- Por supuesto. Se trata de una reliquia con forma de reloj de bolsillo de hace muchos años. Creo que perteneció a un familiar lejano mío y me gustaría devolvérsela.

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