Juego de animales

 

En ese momento me di cuenta de que no tenía escapatoria. Si hubiese decidido quedarme fuera, nada de esto hubiera pasado. Grabo este mensaje para que a nadie más le vuelva a pasar.

 

Me habían llamado del zoológico de Guadalajara. Me querían contratar como cuidador de animales “grandes”. Ya había trabajado en ello antes, pero esta vez lo sentí diferente. El zoo de Guadalajara ha tenido siempre mala fama. Varios casos de personas desaparecidas en diversas secciones del recinto. Sinceramente, le di bastante importancia a este dato y a todos los casos encubiertos por el propio zoológico (a los cuales tenía acceso por mi posición como cuidador de animales), sin embargo, estaba tan desesperado por encontrar trabajo que no pensé en las consecuencias.

La noche de mi primer día (ni siquiera me hicieron una entrevista de trabajo o algo tan simple como presentarles mi currículum) fue rápida. Con las llaves de mi coche, me dirigí a él y lo arranqué. La emisora de radio que sonaba era LOS40, pero no me apetecía escuchar música en ese momento y la apagué. Miré rápidamente por el retrovisor interior y vi en la parte de atrás de mi coche la sombrilla y los flotadores que me llevé al río la semana anterior. No me di cuenta de que había bajado el freno de mano mientras miraba los flotadores de Bob Esponja y el coche se estampó con otro que había aparcado en. No tenía tiempo de pararme a hacer un parte así que salí lo más rápido que pude con el vehículo de allí. Me sentí mal, sabía que, aunque yo no había querido dañar el morro del coche de enfrente, era responsabilidad mía.

 

Llegué al parking del zoológico. No tuve que pagar nada, ya que mi turno era de noche y no había nadie en la garita del estacionamiento. Entré y lo que primero que vi fue un montón de jaulas en fila que llegaban hasta el final de un paseo, que luego giraba hacia la derecha. En la primera jaula, los osos panda, atracción estrella, trataban de comerse la última rama de eucalipto que les quedaba. Cuando se percataron de mi presencia, se quedaron completamente quietos, esperando algo. Supongo que de algún modo sabían que yo era el encargado de darles de comer, así que puse rumbo a los almacenes y cogí varias ramas de eucalipto para ellos. Me adentré en el oscuro parque hacia las salas de almacén que, según el mapa que me había descargado en el móvil, estaban dos calles más adelante. A medida que avanzaba, me iban dando pequeños escalofríos. Nunca me habían gustado los sitios tan oscuros, y menos ese.

El mensaje que me envió el gerente del lugar determinaba que él iba a estar en la garita del interior del zoo. Debía encontrarle y pedirle con educación que encendiera las malditas luces para ver algo. Era una imagen un tanto lamentable ir con una linterna habiendo farolas. Lo que vi cuando llegué me dejó la sangre helada. El gerente estaba sentado en su silla observando la pantalla del ordenador encendida y con una imagen en ella. Cuando reuní el valor suficiente, me acerqué y vi cómo tres cuchillos atravesaban el pecho del señor y la sangre le chorreaba por la camisa blanca. Nunca me había impactado la sangre, pero esa cantidad era tan inmensa que no pude evitar vomitar todo lo que había cenado esa noche. Dirigí mi mirada hacia el monitor del ordenador que mostraba una imagen de una de las cámaras de seguridad del recinto. Debía ser la sala de juegos, porque alcancé a ver una mesa de ping pong y un billar. Arriba a la derecha, vi un texto en el monitor; “La llave está en el último eucalipto de los pandas, tendrás que encontrarla y entrar aquí, si no, no podrás salir”. Se me erizó la piel. Necesitaba esa llave para salir y estaba en ese eucalipto que se estaba comiendo el oso panda. Observé la garita con más detalle y me percaté de que, clavado en el pecho del gerente con uno de los cuchillos, había una nota de papel. Con la impresión de ver ahí el cadáver, no me di cuenta de ella. Con letras mayúsculas, estaba escrito lo siguiente: “puedes utilizar estos cuchillos para recuperar la llave”.

 

En la jaula de los osos panda, nada más había uno de los cuatro o tres que había al principio. Abrí la verja y entré. No sé si estaba preparado para hacerlo, pero ya había probado a salir escalando los barrotes que actuaban como muros en el zoo y era imposible, al igual que llamar a la policía o intentar escalar la puerta de la salida (cerrada) con cualquier escalera. Todo estaba electrificado y no había cobertura, por lo que la única salida al parecer era jugar al juego de la persona que se encontraba allí conmigo. Saqué el cuchillo de mi bolsillo y me acerqué al único panda gordito del lugar. Me arrodillé junto a su gran barriga y se lo clavé con fuerza.

Jamás me había sentido tan mal, tan sucio y tan mala persona. Mientras el animal sollozaba y chillaba de dolor, se iba muriendo poco a poco. No se me había ocurrido matarlo antes para que no sufriera con la “operación”. Entonces, cuando terminó por rendirse y caer al suelo, lo entendí. Entendí por qué estaba yo allí y por qué me habían elegido a mí para este trabajo. Sabía quién era el demonio que me estaba haciendo pasar por eso y por qué. En ese momento, supe que jamás volvería a ver la luz del sol.

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